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Antonio Iturbe, 09/03/2017

 

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Imagen: (c) Ana Portnoy

“Quería que A cielo abierto tuviera parte de esa borrachera humanista de Saint-Exupéry”

Periodista cultural, director de la revista Librújula y uno de los responsables de la última edición del festival de novela negra, Barcelona Negra, Antonio Iturbe ha conseguido con A cielo abierto el Premio Biblioteca Breve 2017, galardón que otorga anualmente la editorial Seix Barral. A cielo abierto es una novela en torno a la figura de Saint-Exupéry, en torno al aviador, en torno al escritor, pero sobre todo en torno al amigo y a la persona de Antoine. Su vida no se explica sin Jean Mermoz y Guillaumet, sus amigos y míticos aviadores de la flota francesa encargada del correo aéreo. Iturbe indaga en la vida de estos tres amigos, se adentra en el mundo que les ha tocado vivir y trata de comprender las pasiones, las frustraciones y, sobre todo, las contradicciones que los define. Saint-Exupéry, como apunta el propio Iturbe, brilla con una fuerza especial dentro de la novela, sin embargo, el retrato que de él construye Iturbe no es la de un héroe. No hay ciega admiración ni idealización: Saint-Exupéry es representado desde la imperfección que él mismo siempre vio a sus amigos y que, sin embargo, nunca enturbió su amistad. Es la imperfección que define a Saint-Exupéry como persona y no como figura cultural o mítica, puesto que Iturbe busca retratar precisamente a la persona que se esconde tras obras como El principito o Tierra de Hombres y no al símbolo en el que éste se convirtió.

 

¿No crees que definir A cielo abierto como una novela sobre Saint-Exupéry es algo reductivo, no sólo por el protagonismo de Mermoz y Guillamet, sino por narrar la historia de Francia desde los años veinte hasta el auge del nazismo?

Estoy totalmente de acuerdo. Hay muchas biografías de Saint-Exupéry, así que no tenía sentido alguno volver a contar lo que ya han contado otros. Con A cielo abierto, me interesaba tratar la relación entre los tres amigos, entre esos tres pilotos muy distintos entre sí, pero unidos por la pasión aeronáutica y por el correo aéreo. Saint- Exupéry, evidentemente, tiene un brillo especial porque es escritor y es un personaje muy conocido, pero en Francia Jean Mermoz es un héroe nacional, hay muchos institutos que llevan su nombre e, incluso, en una zona céntrica de París encuentras la rue Jean Mermoz. Y Guillaumet también es un aviador mítico para la historia francesa. La suma de los tres da un valor mayor a cada uno individualmente y permite describir la Francia de los 20 y los 30 con mayor riqueza. Y sí, A cielo abierto no es sólo una novela sobre Saint-Exupéry, sino una novela sobre los pioneros del correo y sobre la relación de amistad que ellos tres establecen.

También se narra el auge del nazismo y la actitud dubitativa de Saint-Exupéry, que confiesa no saber a quién defender.

El auge del nazismo en Francia fue, por lo general, un momento de gran confusión y, creo, que a Saint-Exupéry le ha “perjudicado”, al menos en Francia, esa confusión a la que aludes. Hay que pensar que cuando Francia se rinde a los alemanes y se forma la República de Vichy, aliada con el Tercer Reich, se crea una ruptura tremenda entre los que apoyan a Vichy, aquellos que están radicalmente en contra y aquellos, como Saint-Exupéry, que tienen una postura zigzagueante: él es alguien que no apoya a Vichy, pero tampoco se opone en cuanto considera que la rendición al Tercer Reich implicó salvar muchas vidas que, de otra forma, habrían acabado arrolladas por los tanques nazis. Saint-Exupéry, en este sentido, queda un poco en tierra de nadie al no reivindicar ninguna de las posturas.

En oposición al dubitativo Saint-Exupéry encontramos a Mermoz, que queda “hipnotizado” ante los planteamientos nacionalsocialistas.

En ese momento no se sabe la deriva que va a tomar el fascismo que, en ese primer momento, es una ideología que promete un cambio y que aporta un cierto idealismo al querer reformar la mediocridad de una democracia con grandes diferencias sociales e incapaz de hacer frente a los retos tecnológicos del maquinismo. De alguna forma, algunos quedan fascinados por esta ideología que, aparentemente quiere revitalizarlo todo. A lo que llevará el fascismo, como hemos visto, será a lugares horrorosos, pero en un primer momento no se intuía esto; de ahí que Mermoz sienta entusiasmo por este nuevo discurso.

Pensando en Mermoz, pero también en Saint-Exupéry, tus personajes no tienen nada de la perfección del héroe, figura que, en parte, sí representan.

No son personajes perfectos, en absoluto. Mermoz cae en la fascinación por el fascismo y, por su parte, Saint-Exupéry es alguien con muchas contradicciones: es una persona que define lo material como una cárcel que nos encierra a todos, pero luego disfruta comiendo ostras, bebiendo champagne y acaba por comprarse un Bugatti. Mermoz y Saint-Exupéry están atrapados en la contradicción, aunque son muy distintos entre ellos.

Y es precisamente sobre esta diferencia que se sustenta su relación de amistad.

Y por su diferencia la suya es una verdadera amistad: las amistades lógicas no son amistades, son un concierto de intereses. Es como el amor: enamorarte de quien te conviene es muy beneficioso, pero entonces no es amor, es un contrato mercantil. Siendo ellos muy distintos entre sí, con personalidades muy diferentes, los tres se reconocen en lo fundamental: el respeto por su oficio y por el sacrificio que conlleva formar parte de la red de correo aéreo que, para ellos es sobre todo una red de comunicaciones.

Es ilustrativo el momento en que, tras la muerte de Mermoz, Saint-Exupéry rechaza escribir un panegírico sobre su amigo porque, dice el escritor, “él no era perfecto”.

Esto es algo que pasó, el propio Saint-Exupéry lo explica. Solo podemos amar lo imperfecto, porque, por un lado, lo perfecto nos apabulla en cuanto nosotros somos imperfectos y, por tanto, nunca podríamos alcanzar esa supuesta perfección y, por otro lado, lo perfecto significa lo terminado, aquello que ya no tiene vida. Saint-Exupéry amaba como amigo a Mermoz con sus defectos y por esto se niega a hacer ese panegírico que le piden y se niega también porque se niega a reconocer que ha muerto.

Pensando en el carácter contradictorio de Saint-Exupéry, ¿podemos pensar en la aviación y la escritura como sus dos pasiones en constante oposición?

No, porque no creo que hubiera conflicto entre la escritura y la aviación. Él decía que la escritura era una consecuencia, no concebía una cosa sin la otra, el vuelo sin la escritura y la escritura sin el vuelo. Thoreau sostiene que no te puedes sentar a escribir si antes no te has levantado a vivir. Algo así pensaba Saint-Exupéry, para el cual la vida de piloto era el alimento fundamental de su escritura; el encerrarse en un despacho y hablar de sí mismo no tenía, para él, ningún sentido. Escribir tiene sentido solo si es consecuencia de lo que se ha vivido y, de hecho, cuando él tiene problemas para continuar trabajando como piloto, su escritura se resiente y durante varios años escribe menos y su obra está más deslavazada. Son años de desorientación.

Narras el inicio de Saint-Exupéry como escritor de la mano de Prevost y, posteriormente, su afianzamiento con Gallimard, todo ello en años de esplendor literario en Paris.

Saint-Exupéry vive un momento muy efervescente, en un París donde te podías encontrar a Gide en un bar y montarse una tertulia a su alrededor… es un momento de esplendor de la literatura francesa y, al mismo tiempo, es un momento en el cual la literatura importaba. Prueba de ello es el peso social que obtiene Saint-Exupéry cuando gana el premio Fémina, tras del cual adquiere una gran presencia social y pública,  lo invitan a las reuniones sociales, los grandes empresarios quieren conocerlo… esto ahora no sucede. La literatura ha perdido mucho peso y sobre todo ha perdido mucho peso el poder fáctico del escritor como urdidor social.

 

Al mismo tiempo, Saint-Exupéry es testigo los cambios sociales, culturales y políticos de París.

Él vive momentos de grandes cambios y, en parte, creo que Saint-Exupéry representa en sí mismo el cambio de Francia: viene de una aristocracia rural muy venida a menos y llega a un París donde están confluyendo todas las nuevas tendencias científicas y estéticas del momento: el maquinismo, el futurismo, la teoría de la relatividad de Einstein, por la cual Saint-Exupéry se interesa muchísimo, avances científicos que abren brechas importantes…

¿Era un joven muy preocupado por todo aquello que acontecía a su alrededor?

Sin duda, era una persona con una curiosidad enorme y muy sensible culturalmente: le fascinaba Mallarmé, la poesía parnasiana, fue un gran lector de Nietzsche y de Pascal, a la vez estaba muy interesado por las innovaciones tecnológicas. De hecho, acaba patentando mecanismos para la mejora de los motores y de las técnicas de vuelvo. Todo lo que provenga del ámbito científico-técnico le interesa mucho y no excluye su interés por lo literario. Él vive en un momento en el que no había esta dicotomía algo cazurra de hoy entre ciencias y letras.

El principito es su obra más conocida, pero ¿cuánto la fama de El principito ha dejado en un segundo plano el resto de su producción narrativa, que nada tiene que ver con esa primera obra infantil?

El resto de su obra es diferente principalmente porque El principito es un libro infantil. Sin embargo, a pesar de estar destinado a un público infantil, El principito es un destilado de su pálpito humanista que está también en sus otras obras, a pesar de que difiere en tono y forma. Y sí es verdad que El principito ha opacado mucho el resto de sus libros como Vuelo nocturno o Tierra de hombres, que es una obra maravillosa, y ha hecho que sus demás trabajos queden en un segundo plano. De todas maneras, creo que sus libros son complementarios los unos con los otros; fue El principito el que me llevó a descubrir sus otros libros y no encontré una ruptura abrupta entre unos y otros.

¿Hay continuidad entre ellos?

Yo creo que sí. El principito plantea los grandes temas que preocupaban a Saint-Exupéry: la soledad del hombre moderno, el autoritarismo o lo espiritual como algo que está por encima de lo pragmático y de lo material. Todos estos temas también están en las otras obras, pues constituían sus principales preocupaciones.

El día del Biblioteca Breve, definiste a Saint-Exupéry como humanista, pero ¿cuánto de ese humanismo se reflejó en su vida?

Él fue una persona de muchos altos y bajos, su vida fue un poco destartalada: comienza con un tropezón del que nunca se recupera, el fracaso amoroso, y a partir de aquí irá siempre un poco trompicado. Sin embargo, a su manera, con todos los errores e incoherencias, intenta siempre tener una mirada humana de las cosas. En su obra, esta mirada lo envuelve todo; cuando habla del vuelo, por ejemplo, hace referencia a un sentido de unidad que se desprende del hecho de volar y del hecho de trasladar el correo de un lado a otro, que se convierte en una forma de crear lazos de unión entre las personas.

¿El vuelo es una metáfora de su concepción del mundo y de las relaciones entre las personas?

Sí, y no sólo, el vuelo se convierte, incluso, en un concepto místico: cuando él vuela de noche, ve en la tierra las luces que él convierte en hogueras en torno a las cuales se reúnen los hombres. En sus libros, siempre hay una reflexión en torno a los hombres y sobre la soledad en la que se vive. Como en El principito, en su obra siempre aparece la pregunta acerca de dónde están los hombres y acerca de la soledad que los define. En sus libros, la aventura no es “la aventura por la aventura”, sino que es metáfora de cómo el hombre se debe enfrentar a todos los retos que le ofrece el mundo, empezando por el sacrificio y la avaricia.

Siempre en el día del Biblioteca Breve, comentaste que quisiste escribir una novela que tuviera un sentido moral.

Ya sé que está anticuado hablar de moral, pero, quizás por haber leído durante muchos años a Saint-Exupéry, estoy un poco impregnado del carácter moral de su obra y, por esto, quería que A cielo abierto tuviera parte de esa borrachera humanista de Saint-Exupéry. Quería que la novela tuviera un punto de reflexión y, más acertado o menos, sí hay un intento de ir más allá de la “aventura por la aventura” y trasladar ese heroísmo humilde que impregna a Saint-Exupéry.

A cielo abierto es una novela de construcción, podríamos decir, clásica. ¿Hay  una reivindicación, por tu parte, de una narrativa alejada de los experimentalismos y de la tan en boga autoficción?

Efectivamente, sí hay una reivindicación en la forma de la novela y es porque estoy un poco cansado de esa literatura de la pirueta, de la acrobacia por la acrobacia e, incluso, de esa autoficción condescendiente con el propio autor. Estoy cansado de esa literatura de personaje asqueado y hastiado, de esa masturbación propia de la autoficción. Frente a ello, me inscribo en la forma literaria de Saint-Exupéry, que es alguien que primero vive y luego escribe y, por tanto, en su escritura hay una mirada de las cosas y una generosidad en compartir lo vivido. En este sentido, recupero a Saint-Exupéry que, así como otros autores, no propone una literatura tan endogámica como, en parte, es la que hay actualmente y que personalmente me crea un cierto hastío.

 

Antonio Iturbe / Seix Barral

¿Cuánto ha influido tu oficio de periodista cultural en tu concepción literaria al pensar A cielo abierto?

Este libro tiene mucho de lo que yo he aprendido con el oficio de periodista, sobre el todo el poder compartir una historia que me fascina. El periodismo es un privilegio porque te permite acceder a sitios y a gente a la que de otra forma no accederías y conocer vidas que son apabullantes. En este sentido, aprendes que empeñarse a contar la propia vida no tiene mucho sentido. Si no eres un genio como Kafka, que consigue hacer una obra de arte con la historia de alguien que se despierta por la mañana convertido en un escarabajo, tienes que subirte a bordo de algún tren con otras vidas y darte cuenta de que hay muchas vidas que vale la pena por contar.

Y más allá de la historia, está la forma.

Cuando tú haces periodismo, el escribir es un acto a través del cual intentas añadir algo a alguien, el lector. Cuando haces literatura, más que añadir información al lector, lo que se intenta es que el lector busque algo dentro de sí mismo: la comunicación hace buscar a la gente algo hacia fuera, mientras que el arte y la literatura intenta que la gente mire hacia dentro de sí mismos.

¿La vida de Saint-Exupéry está muy documentada o tuviste que rellenar imaginativamente muchos vacíos?

La vida de Saint-Exupéry está bien documentada y hay biografías muy competentes, pero, por lo general, el biógrafo no puede penetrar más allá de algunas superficies. El biógrafo sabe que conoció a Louise de Vilmorin, que era a hermana de sus amigos… pero el biógrafo nunca te contará como fue ese primer encuentro porque no lo sabe, porque ese encuentro nunca fue narrado. Y lo que me fascina a mí como escritor es imaginar cómo fue ese encuentro entre Saint-Exupéry, un aristócrata un poco pobretón y soñador, y esa chica tan seductora, encantadora y algo caprichosa. Es en momentos de vacío como éstos, en los que no hay datos, cuando la imaginación se dispara y empieza la literatura.

La vida del escritor-aviador quedó marcada por su fracaso amoroso con Louise de Vilmorin.

Sí, ella le marcó mucho, pero no solo ella, sino y ante todo su madre, que fue su referente, y sus hermanas, con las que siempre mantuvo un estrecho contacto. Su imposible relación con Louise de Vilmorin fue para él un fracaso del que nunca se recuperó y a partir del cual su relación con las mujeres será un poco ansiosa: él tenía una gran necesidad de ser amado y a la vez era muy inseguro. Buscaba que las mujeres lo arropasen, lo quisiesen, pero él era incapaz de toda posible fidelidad, en parte por ese afán de buscar ese amor perfecto que atisbó en la juventud con Louise. Él sigue buscando ese amor, pero nunca lo encontrará.

La muerte está tan presente en muchos textos que se ha llegado a decir que, en cierta forma, él predijo y deseó su fallecimiento.

Él en sus textos habla de la muerte, pero no del suicidio, una de las teorías que rodea su muerte y de la que yo no soy muy proclive, porque creo que el suicidio es el algo que él no contempla. Dicho esto, sí es cierto que cuando él cumple los 44 años, entra en un final de etapa: por su edad y por las heridas que tiene sabe que no podrá volar durante mucho tiempo más, sus amigos han muerto, su relación con Consuelo [su última pareja] está muy desquebrajada y la guerra ha supuesto un trauma. Con 44 años llega a un momento muy crítico de su vida y, por esto, algunos han pensado en la posibilidad del suicidio.

¿Todavía hay tantos interrogantes en torno a su muerte para que haya aún especulaciones varias?

El cuerpo nunca ha aparecido y no aparecerá. Hay unos restos a 40 metro de profundidad cerca de Marsella que se cree que pueden pertenecer al avión, pero nunca se sabrá a ciencia cierta. En esa zona, un pescador encontró una pulsera y se pensó que pudiera ser de Saint-Exupéry… pero no hay más. Incluso habiendo encontrado algunos trozos del avión, muy deteriorados todos ellos, tampoco se ha podido determinar si se trató de un fallo mecánico, si el avión fue ametrallado o si Saint-Exupéry decidió voluntariamente hacer un picado y tirarse al mar. Las tres posibles hipótesis son posibles y no creo que se vayan a cerrar las hipótesis.

No hablas del suicido, pero sí relatas a un Saint-Exupéry consciente, tras ver el avión alemán tras de sí, de que están siendo sus últimos momentos de vida.

Yo creo que él no se suicida, pero sí que al ver el avión alemán se da cuenta que ha llegado el momento. En sus textos habla de la muerte y se observa cada vez un mayor pesimismo, reflejando un hastío hacia un futuro del que no quiere formar parte. Por esto, creo que él no se suicida, pero sí acepta que el avión alemán supone su fin.

 

Por  Anna Maria Iglesia

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