Protagonistas // Autores

Marta Sanz, 15/06/2017

 

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“En nuestras sociedades se tiene una visión perniciosa del vínculo de las mujeres con el dolor”

 

“Estas páginas no están concebidas para ser convencionalmente interesantes. En ellas se registra un protocolo. Son una indagación. El intento de responder a una pregunta que no se desliza hacia atrás y hacia delante por el carril bien engrasado del tiempo. Estas páginas aspiran a operar como herramientas afiladas. Un trépano o un berbiquí. Describen un proceso, puede que una figura circular, y hablan de una persona. No de sus pasos de baile”

Marta Sanz, Clavícula, Anagrama, 2017

 

Clavícula es un libro (no osaría definirla novela) que tiene mucho que ver con La lección de anatomía y, en este sentido, ¿qué recorrido vital y literario es el que ha llevado a Marta Sanz de un libro a otro?

Los dos textos surgen del cansancio que me producen ciertas formas de la ficción y también las aproximaciones escépticas hacia el lenguaje. Frente a esa idea que habla de la autobiografía como relato y del relato como ficción y de la ficción como mentira, yo ahora quiero indagar en la posibilidad de que la palabra literaria sirva para encarnar experiencias que se sienten como verdaderas. Frente al prejuicio de que siempre que se relata se miente un poco, a mí me apetece explorar en la posibilidad de que siempre que se relata, ya sea a través de la peripecia de un yo que coincide con la autora y las geografías de su escritura, ya sea a través de las máscaras ficcionales, lo que prevalece es el desnudo: el punto de vista y el posicionamiento ideológico de quien ha elegido contar una historia o expresar una emoción o plantear  o responder a una pregunta de una determinada manera y no de otra.

Por tanto, ¿siempre hay un punto de vista, la verdad del yo que escribe?

Siempre que articulamos un relato decimos un poco la verdad. Siempre se enseña la patita por debajo de la puerta. Por ejemplo, la desestructuración y la hibridación de géneros en Clavícula es la respuesta retórica al dolor. También el humor del estilo es la respuesta a un sentimiento de patetismo personal. La autobiografía en los dos casos se transforma en un género político porque aspira a que los lectores se sientan concernidos y porque el yo se entiende siempre desde la dimensión del nosotros. Lo que ha cambiado es que en La lección de anatomía se planteaba una narración sobre el hilo del tiempo, un relato de formación, mientras que en Clavícula la historia se detiene espacialmente en un punto. Y se aprieta.

Como ya planteabas en La lección de anatomía, en Clavícula el cuerpo físico es también el cuerpo social e incluso político del sujeto y de su contexto. ¿Podemos hablar de una falta de pertenencia de nuestro propio cuerpo, convertido en un cuerpo social, incluso, impuesto?

A mí en La lección de anatomía lo que me importaba era utilizar la metáfora de que el cuerpo es el texto en el que se caligrafía la vida entera, de modo que el cuerpo no es indemne a la presión social. Laboral, educativa, afectiva. Muy especialmente el cuerpo de mujeres sometidas a una presión laboral que repercute en su mala salud, en sus enfermedades –tanto en las mentales como en las físicas que para mí son las dos caras de una misma moneda-. Junto a este empobrecimiento que en las épocas de crisis siempre afecta más a las mujeres que a los hombres, nosotras a la vez estamos sometidas a unos dictados estéticos –los hombres también, pero menos- que nos llevan a asumir como necesidades propias expectativas masculinas. Cuando escribo, miro el cuerpo por fuera, por dentro y la unión de los cuerpos en distintas constelaciones.

¿En cambio en Clavícula?

Esos que en La lección de anatomía y Daniela Astor eran temas sugeridos a lo largo del relato, en Clavícula se convierten en una poética de la fragilidad del cuerpo de una mujer que siente la cercanía de la vejez, los miedos atávicos y los inducidos, la menopausia, la precariedad laboral, el estrés. Una mujer que, ante la toma de conciencia de que su dolor tiene un componente exógeno y político, decide quejarse desde la conciencia de ciertos privilegios que no pueden neutralizar nuestro derecho a la lamentación íntima y pública. Por eso, Clavícula es un texto vitalista y lleno de optimismo. Porque se revuelve y apunta hacia la necesidad de salir de la enfermedad del capitalismo avanzado, del encapsulamiento vital, reivindicando la fraternidad y las historias de amor.

 

“No me interesa la manipulación de los selfies a través del Photoshop. Me importa más la mueca que el lenguaje que la adecenta”. ¿Podemos decir que Clavícula es un intento de observar el cuerpo sin el lenguaje que lo adecenta, lo acomoda en lo establecido e, incluso, que lo oculta?

En Clavícula se muestra un cuerpo de mujer en un momento poco fotogénico. De un modo no convencional,  el cuerpo se mitifica en su feminidad madura porque creo que la mitificación de la fisiología y de la imagen de las mujeres por parte de las propias mujeres e incluso de los hombres críticos con el machismo, sensibles al machismo, es un reto interesante para asumir desde la palabra literaria. Siempre me han interesado los modos de nombrar los cuerpos de las mujeres: en Susana y los viejos trabajé con la idea de que en el acto de poner nombre resulta complicado separar el género de la clase. Pero a lo que he procurado resistirme tanto en este texto como en otros  es a utilizar un lenguaje que hipersexualiza publicitariamente a las mujeres haciendo de ellas consumidoras perfectas que han de encajar siempre en el zapatito de cristal de la musa, la fatal, la madre… Estereotipos de una visión patriarcal que, como mucho, decanta nuestras “esencias” en personajes literarios atractivos utilizando los prejuicios de la magia, el misterio, lo incomprensible… Me parece que el lenguaje literario puede subrayar las frases hechas del mundo en el que vivimos o cuestionarlas; puede emborronar o, por el contrario, definir los contornos de la realidad: esta vez he querido dibujar nítidamente mi cuerpo y colocarlo en el centro del eje social para crear un espacio de conversación en torno a nuestras infelicidades y contradicciones comunes.   

 

“Nadie pronuncia la palabra menopausia ni sabe explicar por qué justo antes de que mi cuerpo experimente su combustión minúscula, el chasquido de un fósforo al ser encendido, esa subida de temperatura que en mi caso no es ni mucho menos incineradora, justo en ese instante previo, siempre que algo va muy mal, que todo lo malo va a suceder de una manera inminente”

Clavícula habla de los tabús vinculados al cuerpo y, sobre todo, al cuerpo femenino, como la menopausia, por ejemplo. Y lo planteas desde una doble perspectiva, desde el sentimiento de fragilidad y de rabia de la mujer y desde la incomprensión, incluso, culpabilización del entorno social.

Tal vez, además de lo que tú apuntas, también el dolor es un modo de coquetería y, algunas veces, incluso un procedimiento para manipular a los otros. Y esa posibilidad produce en Clavícula un efecto tragicómico, que lejos de colocar a la doliente en el territorio de la víctima la transforma a ratos en un verdugo. Sin embargo, también es cierto que, mientras escribía este libro que tiene algo de salmodia a lo Woody Allen, de lamentación cómica, de fusión de lo paleto y lo pedante, de lo místico con el andar por casa, me di cuenta de que, en nuestras sociedades se tiene una visión perniciosa del vínculo de las mujeres con el dolor: por un lado, somos las princesas guisantes a las que hay que pasarles las sales en cuanto tienen un leve disgusto; por el otro, parimos con dolor, somos resignadas, abnegadas, nunca colocamos en primer plano nuestras necesidades, cuidamos de los demás sin prestar atención a nuestra propia vulnerabilidad o a nuestros propios deseos… Los dos extremos son aterradores si los extrapolamos al mundo del trabajo. Por otra parte, tal vez tengamos que darle una vuelta de tuerca más al concepto de cuidados: frente al imperativo de que siempre la mujer de cierta edad ha de ser la cuidadora familiar, social, me parece que sería sano introducir la idea de que todos y todas podemos cuidarnos los unos a las otras. Y viceversa. Y sin culpa. Cuando toque. Y a veces toca imprevisiblemente y desajustando todos los roles preconcebidos.

 

“¿Han probado a buscar las palabras exactas para describir ese dolor, convertido en síntoma, que ayuda a los médicos a diagnosticar? El médico te lo ruega: ‘Tienes que ayudarme’. A la vez tu mirada es una súplica y rebuscar dentro del baúl de palabras arrumbado en tu memoria”

Parte de esta incomprensión, apuntas, se debe a la perspectiva médica o, por lo menos, al relato médico que envuelve determinadas dolencias.

Clavícula es un libro que está interesando mucho a los hipocondriacos –aunque yo me resisto a pensar que su tema sea la hipocondría- y también a los médicos y a los psicoanalistas. A mis presentaciones acuden especialistas en cardiología, traumatología, ginecología, a los que posiblemente les interesa esa perspectiva del paciente que también ellos llegarán a ser. Una consulta, igual que una clase, es un espacio de desigualdad. Se generan a menudo formas de violencia que son necesarias para la sanación y para el crecimiento.

¿Indagaste en tu propia experiencia con el dolor?

Sí, para escribir este libro yo reflexioné sobre cómo el dolor me desestructuraba, de dónde procedía y cuáles eran las enormes dificultades para ponerle nombre y buscar sus metáforas: de ahí la clave de sol de la portada, la búsqueda difícil de la línea melódica, de la variación, del estribillo que nos permita aproximarnos al dolor. También me di cuenta de que mi dolor provenía del miedo a no poder trabajar y del estar condenada a una vejez pobre. A esa fragilidad se sumaba la que sentí tras conversar con muchas mujeres cuyas enfermedades físicas habían sido durante mucho tiempo metidas en el saco de los desvaríos sencillamente porque no estaban bien descritas en la literatura médica o no se les había concedido la suficiente importancia: la escritora inglesa Hilary Mantel estuvo a punto de morir a causa de una endometriosis. Mientras tanto, quienes la trataron le decían que era una mujer demasiado sensible, una escritora, que tomara ansiolíticos, tranquilizantes… Es un caso muy común, tan común como el de la sospecha permanente de la locura. El problema es que a veces este tipo de medicación encubre los síntomas de enfermedades más graves y las mujeres llegan a morir. Se nos presupone una preocupante tendencia a la debilidad mental.

 

“Recogemos una inquietud de una época y escribimos estas cosas porque alguna cosa nos duele”, escribes en diálogo con Elvira Navarro y su novela La trabajadora ¿Una voluntad de aliviar el propio dolor o una obligación ética de hablar de ese dolor que no es simplemente físico?

Creo que muchas escritoras y muchos escritores estamos hablando del cuerpo y del trabajo, del cuerpo del trabajo, porque somos sensibles a las cosas que suceden en nuestra época. Navarro, Alba Rico, Gabi Martínez, en Corea del Sur, Han Kang con un libro poderoso, La vegetariana, no hacen otras cosa que analizar y reaccionar frente a los discursos sincrónicos del capitalismo, de la explotación, el consumo loco, la fatiga física y psíquica que son a menudo una y trina. En mi caso, yo escribí Clavícula para subrayar la idea de que la palabra es una acción y anular la falsa dicotomía entre cuerpo físico, vida cotidiana, y cuerpo espiritual y/o vida interior. La escribí desde la hipótesis de que, igual que la palabra literaria y las construcciones culturales pueden servir para apuntalar los lugares comunes de una ideología dominante muy cuestionable, así, del mismo modo, también podría ser útil la palabra literaria para paliar las dolencias íntimas y públicas.

¿La escritura es una forma de comprensión de estas dolencias?

La escritura me sirve para entender mis contradicciones y a la vez para entablar una conversación con mi comunidad. En la medida en que se visibiliza la neuralgia a través del texto, el dolor puede aliviarse, corregirse, ojalá que extirparse. De modo que hay un impulso egoísta y también un impulso de generosidad en esta forma de escritura. Lo que no hay es ombliguismo ni mesianismo. Ni autoayuda. Para mí, la literatura es una herramienta de visibilización y transformación. Un movimiento en doble sentido: yo tomo la palabra para hablar, pero previamente he escuchado atentamente un montón de voces. Luego mi voz llegará a un oído que se hará boca para hablar después de haber metabolizado –o no- lo que los demás hemos dicho. La literatura es un espacio democrático para el diálogo entre quien se dedica al oficio de escribir y su comunidad. Me gustaría creer que cada libro que escribo es una reflexión sobre la utilidad de la belleza, el concepto de belleza y el de embellecimiento implícito -o no- al lenguaje del arte. Sobre la legitimidad de embellecer las violencias o de violentar la belleza con cada palabra que se escribe. Porque en Clavícula me parece que también la dimensión metaliteraria es fundamental.

 

“Ahora miro de reojo los ingresos y los gastos. Antes, cuando era más joven y no se me incrustaban garrapatas en la flauta respiratoria, nunca quise saber nada. Pasamos tiempos mucho peores que éste y los viví sin angustia”

Afirmabas que querías “representar las víctimas del capitalismo avanzado” y, en parte, las representas a través de dos enfermedades, la endometriosis y la fibromialgia ¿dos enfermedades que el capitalismo avanzado excluye de su lógica de producción?

Me parece que sí. También la fatiga crónica que es el lado triste del derecho a la pereza. En todo caso, hay un aspecto que tenemos que matizar, porque en esa idea de “representar” en un libro como Clavícula era una exigencia encontrar un punto de equilibrio entre una voz ensoberbecida en su singular experiencia del dolor y esa otra impostura literaria tan común que consiste en usurpar la voz del otro. Para mí era prioritario, como te decía antes, hablar desde la conciencia de un yo privilegiado, que aún se puede permitir el sentido del humor y el buscar cauces alternativos de pensamiento, antes de que el daño, la pobreza o la vejez la desestructuren y la incapaciten completamente para reaccionar y alzar la voz.

En el fondo, se trata de ser consciente de ese privilegio, del lugar desde dónde se habla o se escribe.

El sufrimiento crea una costra que debilita y de la que cada vez es más difícil escaparse. Es una arena movediza, una grasa. Me parece que los que nos indignamos o nos cabreamos somos los de en medio. Los que aún defendemos un espacio. De modo que no pueden desactivar nuestras quejas con el argumento de que otros están peor que nosotros. O con la inoculación del miedo a perderlo todo. No pueden desactivar nuestro derecho legítimo a quejarnos utilizando espuriamente la excusa de la falta de respeto hacia los verdaderos enfermos o los verdaderos pobres. No somos quejicas ni flojos: sencillamente no movemos el rabito con alegría cuando no hay motivos para ello. La literatura puede ser un espacio de resistencia: ojalá en una esquina de este corralito habite el animal en extinción de la conciencia crítica.

 

Uno de los temas unidos al capitalismo avanzado es las ansias de producir bienes gananciales, es decir, las ansias por el trabajo y, al mismo tiempo, el terror de ser excluido de la lógica del trabajo.

Vivimos instalados en esa contradicción que se agudiza cuando hablamos de los oficios culturales, porque desde fuera se tiene el espejismo de que las escritoras y los escritores nos bañamos todos los días en piscinas olímpicas y comemos ostras en exóticos festivales literarios. Pero esa no es nuestra realidad cotidiana. Nuestra realidad cotidiana es la que se refleja en el pormenorizado listado de ingresos que recojo en una de las páginas de Clavícula. Así junto al tabú de la carne, de la materia, de la enfermedad o de la menopausia, se aborda aquí también un tabú feísimo: no está bien que quienes nos dedicamos a un oficio que nos gusta nos quejemos porque cobramos poco; sobre todo, teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad liberal y pragmática donde nos han hecho creer que la literatura no vale para nada. ¿Por qué han de pagarnos entonces por emprender una acción que no sirve absolutamente para nada?

“La vida consiste en trabajar todo el día y culparse”. ¿Ante el sentimiento de culpa, lo único que queda es el derecho a la protesta?

Ante el sentimiento culpa queda el metódico ejercicio de desprendernos de nuestro sustrato judeocristiano y de no confundir el izquierdismo con el franciscanismo. Tratar de no deprimirse. Ser vitales. Buscar conexiones con nuestros semejantes. Comer queso y beber vino. Y dar la vara. Me parece.

Clavícula no es un libro amable, en ningún momento plantea la posibilidad de la ruptura: trabajamos, aceptamos el sistema y nos sentimos culpables ¿Sería demasiado utópico pensar en una ruptura de esta lógica perversa?

Supongo que lo importante es seguir confiando en la posibilidad de la utopía que precisamente las formas narrativas de lo posible y de lo verosímil se han encargado de neutralizar. Mi obligación también es pensar en la literatura desde dentro y buscar soluciones retóricas que, de algún modo, generen incertidumbre. Por eso cuestiono los dogmas de los géneros y digo que solo hablaré de mis padres mientras estén vivos que es lo contrario que se suele decir cuando se aborda la escritura de una autobiografía.

 

“Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece”

¿No te interesa el género autobiográfico, en su definición más clásica?

No me interesan los libros autobiográficos que colocan al lector en la morbosa posición de resolver una actividad de verdadero o falso. Ni los que buscan la narración extraordinaria para purgar de algún modo un resentimiento familiar. Yo no tengo resentimiento familiar ni mi padre me ha violado a los seis años. Mis resentimientos y mis enfermedades son de una vulgaridad extrema que se hace significativa por el uso del lenguaje. La invención literaria es lingüística, retórica, más allá de la espectacularidad de los unicornios, los espías que beben Martinis o los caballeros templarios. Yo creo que tenemos que recuperar la confianza en las palabras y en su poder transformador, salir de la lógica metalingüística del juego, poner en tela de juicio la épica del éxito, imaginar, trabajar todos los días no solo por la necesidad de subsistir o de hacer girar la ruedecilla de hámster del consumo, sino porque el trabajo es inherente a nuestra naturaleza humana. Y se puede trabajar para conseguir objetivos que se coloquen en las antípodas del engorde de los poderosos y de la obscenidad de la teoría del goteo económico.

Se suele poner el acento en el mercado, pero ¿qué responsabilidad tienen las instituciones político-culturales en convertir la cultura no en un valor colectivo sino en un elemento del poder hegemónico?

Bueno, es que en cierta medida los países ya funcionan como empresas. O nos quieren hacer creer que funcionan como empresas, de modo que las políticas educativas y culturales no pueden basarse en proyectos imaginativos transformadores, dado que el fin último es cumplir con la rentabilidad y las expectativas del mercado. Por eso, la filosofía, el latín y el griego son ninguneados en las aulas y ahora posiblemente existan asignaturas de empresariales en los programas de secundaria. Ya no se trata de desarrollar la conciencia crítica desde las aulas, sino de fomentar una modalidad demagógica del autodidactismo que desprestigia el conocimiento reglado y justifica el desmantelamiento de la escuela pública, activando el viejísimo, traumático inoperante mantra del hombre (o la mujer) hechos a sí mismos. También el léxico de la aventura y el emprendimiento cosmopolita, de la movilidad, el progreso y la resiliencia, me da la impresión de que solo es un eufemismo para encubrir el exilio económico forzado. Por eso, es ingenuo pensar que se pueden emprender reformas educativas positivas al margen de reformas económicas estructurales. A veces pienso que la cultura es el residuo naif que nos dejan para tenernos contentos. Aun así, yo no me resisto a seguir intentándolo.

 

En 2015, afirmabas: “Procuro no clientelizar a mis lectores”. ¿El mundo editorial-literario ha dejado de hablar a posibles lectores para dirigirse solamente a clientes de un producto más llamado libro?

Una parte del mundo editorial literario por supuesto que sí.

¿Convertir al lector en cliente es uno de los resultados de que la cultura no sea más que un capital de mercado?

Convertir al lector, al alumno, al enfermo en clientes forma parte de la lógica del sistema en el que vivimos.

Te definen como una escritora política, pero ¿entiendes la literatura sin política? ¿El escritor aparentemente apolítico no es político en su alienación?

Entiendo la literatura sin política, porque si toda la literatura fuera política ninguna lo sería (Anselm Jappe); sin embargo, creo que todas las construcciones culturales son ideológicas: las comedias rosas protagonizadas por Meg Ryan, las películas de Tavernier, las novelas de Isaac Rosa. Todas asumen una posición ideológica, tiran de un hilo en la malla de posibilidades discursivas que constituyen lo real. Luego es cierto que hay personas que se toman su trabajo artístico con una ingenuidad que a veces es genuina y otras veces no.

En 2014, escribías en El Cultural: “Necesitamos escritores impertinentes e intrépidos, y también lectores impertinentes e intrépidos: tan intrépidos que desconfíen de quien les da la razón como a los locos.” ¿Es un desiderátum, un imposible o una media realidad?

Me gusta la idea de la media realidad. O del cuarto y mitad de realidad. Pero sí, a mí me gustan los lectores que se atreven a ser lectores. Que se atreven. También creo que a la literatura, tanto en el extremo de la emisión como en el de la recepción, así grandilocuentemente, a menudo le hace mucho daño la falsa modestia y la falta de ambición. Me parece que, como lectores y escritores, tenemos que estar dispuestos al salto mortal. A estamparnos contra el suelo y a escayolarnos más tarde. O a volar. Vaya usted a saber.

 

Por  Anna Maria Iglesia

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