Imagen: B.R.

Sello de Calidad para librerías: Reflexiones de libreros

Acostumbrados, por un lado, a la indiferencia gubernamental hacia la cultura y a la despreocupación más absoluta, incluso en época de campaña electoral, a todo lo relacionado con el mundo de los libros -¿cabe mejor ejemplo de ello que la incomprensible incompatibilidad entre pensiones y derechos de autor?- y, por otro lado, acostumbrados durante largo tiempo a un tipo de información más interesada en la crisis de las librerías y en su cierre –si bien en el último año hay que agradecer la publicación de artículos que rompían con esta tendencia, como es el caso de En defensa de las librerías de Jordi Carrión en El País, el artículo sobre la apertura de nuevas librerías de Joana Rei en El Español o la serie de artículos dedicados a la nueva etapa de Nollegiu-, los últimos días de 2015 nos deportaron el positivo anuncio, por todo lo alto y en casi todos los medios escritos, de la creación del Sello de Calidad para librerías. La colaboración entre Cegal y el Ministerio de Educación, cultura y  deporte -¿es mucho pedir un ministerio de cultura y educación a secas?- había dado como resultado la presentación de dicho Sello que, en palabras de Antonio Rivero de Librería Canaima y promotor principal del sello, “daría forma a algo que la Ley del Libro ya reconoce: las librerías como centros culturales a apoyar. Cientos de librerías realizan en todo el territorio nacional una amplísima labor cultural cercana a la sociedad en la que se insertan: presentaciones de libros, cuentacuentos, debates, actuaciones…”, una labor que, apunta Rivero, trasciende el espacio propio de la librería a través de la colaboración de éstas “con otras entidades culturales de su entorno: bibliotecas, museos, organizaciones privadas, ferias, encuentros literarios, etc., acercando el libro a todos aquellos sitios donde se celebran actos culturales”.

El LiR francés como referente

 

En un país con un escasísimo índice de lectura, nada había que objetar a  las intenciones con las que nacía el proyecto de un Sello de Calidad para las librerías –la idea fue propuesta por el propio Antonio Rivero en el 2011 en su ponencia en el Congreso Nacional de Libreros de Las Palmas de Gran Canaria-, sin embargo, si bien con el inevitable entusiasmo ante el refuerzo de la red de librerías que supone la propuesta de un Sello de calidad, cabe preguntarse sobre los verdaderos beneficios que éste puede reportar y sobre la recepción que dicha propuesta ha suscitado en los libreros, al fin y al cabo los verdaderos protagonistas. “La idea en principio me parece buena, pero tengo serias dudas sobre si realmente llevará acaparadas algunas ventajas para las librerías como en el caso del país vecino”, comenta desde Zaragoza Paco Goyanes de la librería Cálamo, que esta semana pasa la evaluación para obtener el Sello. El escepticismo de Paco es también extensible a los libreros de Intempestivos que, si bien aplaudiendo la iniciativa, observan entre dudas los posibles beneficios de los que, sin embargo, sí gozan los libreros franceses. En efecto, como nos señala Rivero, si bien el Sello de Calidad para librerías está presente en distintos países, el LiR francés (Librería independiente de Referencia) es el más conocido y, además, el contexto francés, sin comparar el número de lectores –comparación que, desgraciadamente, deja a España en un pésimo lugar-, es similar al nuestro en cuanto “existe una red de librerías independientes muy extendida por todo el territorio, al igual que ocurre en España”. Sin embargo, la semejanza de contextos y el modelo del LiR para la ideación del propio Sello de calidad, ¿implicará, también, los beneficios fiscales de los que gozan los libreros del país vecino? “Más allá de la pegatina en la puerta, ¿para qué sirve? Ayudas económicas, ninguna”, nos dicen Judith y Jesús de Intempestivos, en Segovia: “nosotros, que somos una librería cafetería de una ciudad turística (y donde más del 80% de nuestra facturación corresponde a libros), tenemos los mismos impuestos que los restaurantes de la zona, las mismas tasas de basuras, cuando, desde luego, ni nuestra facturación ni nuestros residuos se acercan ni de lejos a la de esos establecimientos”.

Certezas y dudas

 

Alfredo Quirós de la librería Cervantes de Oviedo, una de las doce librerías que ya han obtenido el Sello de Calidad, confirma que el sello no les ha deportado un beneficio directo a nivel económico, aunque no lo critica, pues rechaza la idea de que el sello deba traducirse en una dotación económica. “El sello es y debe ser un distintivo de calidad y debe ayudar a que el propio librero quiera mejorar”. Sin embargo, a la pregunta si no estaría de acuerdo de que, como sucede en Francia, el Sello pueda suponer unos beneficios a nivel fiscales, responde afirmativamente, “las ayudas fiscales estarían bien como también sería positivo que en el momento de organizar una presentación o un evento, si el espacio de la librería es escaso, se tuviera la facilidad de utilizar otros espacios, como una sala de una biblioteca o de un centro cultural cercano”.

Con satisfacción habla desde Cáceres la responsable de Todolibros, otra de las librerías con Sello de Calidad: “el sello nos ha aportado una publicidad incalculable. Cáceres es una ciudad muy pequeña y la repercusión ha sido más de la esperada, no sólo dentro de la propia ciudad, sino también a nivel regional e incluso nacional”, nos dicen desde Todolibros, para quienes el Sello, “ha sido una carga positiva para seguir luchando en el complicado mundo del libro”. La satisfacción de Todolibros es la misma que muestra Alfredo Quirós, que, como sus colegas de Cáceres, reconoce que el Sello ha supuesto tanto reconocimiento como publicidad  -“si pensamos desde un punto de vista empresarial, si bien para mí la librería es más que un negocio, la librería es un centro cultural, los libreros no podemos competir a través de los precios, sino solo a través del servicio que ofrecemos; de ahí que el reconocimiento y la visibilidad que otorga el Sello sea muy importante y beneficioso”- contrasta con un posible escepticismo y aparentemente refuerza lo comentado por Antonio Rivero: “Se está trabajando para que el sello lleve aparejado ventajas económicas diversas, que habrían de llegar desde los ámbitos estatal, autonómico o local”, unas ventajas que deberían materializarse principalmente en cuatro puntos: 1) exenciones o disminuciones fiscales (IBI, etc); 2) ayudas económicas o subvenciones; 3) mejoras en la financiación (créditos ICO, etc) y 4) compras públicas de dotaciones bibliográficas. Sin embargo, no sólo la perfecta y detallada enumeración contrasta y sorprende con la incredulidad de los libreros, dubitativos ante la verdadera aplicación de dichas ventajas, sino también con lo que nos ha comentado Quirós, que, desde la satisfacción ante la iniciativa del Sello de Calidad, no ha mencionado dichas ventajas. Lo único que cabe pensar es que, como dice Rivero, se trata de ventajas  sobre las que se está trabajando, pero que a día de hoy todavía no se han puesto en acto. En un país donde el incumplimiento de promesas e, incluso, de programas electorales forma parte ya de la rutina cotidiana –“nuestras autoridades son muy propensas a sacar normativas y leyes que luego ni se cumplen ni sirven para nada. Valga por ejemplo el caso de  la ‘Ley del libro’”. En ella se prohíbe de manera taxativa la realización de descuentos superiores al 5% salvo en algunas ocasiones (día del libro, ferias, ventas institucionales…) pero la realidad es que nadie hace cumplir la ley, con lo que algunas empresas siguen “machacando” el mercado con total impunidad” señala al respecto Paco Goyanes de Cálamo.

Criterios de valoración

 

No debe sorprendernos la incredulidad por parte de algunos libreros que, como es el caso de la librería Documenta, hablan del Sello recurriendo al condicional: “el Sello de Calidad puede ser una herramienta útil si se tiene claro qué se valora, quién lo valora y quién ha fijado los indicadores. Suponemos que será un tipo de ISO con auditores externos bajo una normativa creada por las propias librerías”. Si por un lado, con el uso de condicional Èric del Arco de Documenta expresa una actitud dubitativa, por el otro, los libreros de Barcelona ponen encima de la mesa otra de las cuestiones clave, más allá de los beneficios económicos: la evaluación y los criterios para dictaminar la calidad de la librería. Desde Cegal se nos informa que para la concesión del Sello se valora “por una parte el número de eventos culturales que organiza o en los que participa la librería, y por otra el número de entidades culturales con las que colabora, premiando así no solo la cantidad de los eventos culturales sino también su variación”. En efecto, desde Oviedo, Quirós nos hace énfasis en las distintas actividades culturales que realiza la ya centenaria librería Cervantes, unas actividades que responden a un modo de entender la librería que no ha cambiado. “Hemos mejorado”, nos dice Quirós que, sin dudar, nos comenta que si el Sello hubiera sido “incompatible” con su idea de librería “no me hubiera presentado y punto”. Para Quirós el Sello de Calidad debe concederse a partir de unos “criterios cualitativos”, pero, al mismo tiempo, consciente de los muchos modelos de librerías existentes –precisamente, la librería Cervantes posee la librería infantil El búho lector, al que también fue concedido el Sello de Calidad-, considera que no todas las librerías deben sentir la presión por obtener dicho Sello, como él mismo vuelve a subrayar, si los criterios o demandas no coinciden con las ideas que uno tiene de librería “es mejor no presentarse y no pasa nada. Cada uno es libre de decidir si optar por el Sello o no, pero el hecho de que algunos decidan prescindir de él, no implica que el Sello no sea útil”.

 

Librería Cervantes

Librería Cervantes

Sin embargo, son los baremos de evaluación o los criterios a los que apuntaba el propio Alfredo Quirós aquellos que suscitan más debate. Ante todo, en relación a los eventos, Paco de Cálamo nos comenta: “puede ocurrir que algunas librerías de calidad manifiesta y de años de trabajo sin cuento – pienso en varias de las más importantes librerías académicas- se queden sin sello de calidad por no organizar eventos culturales y otras que solo se dedican al espectáculo como medio de subsistencia lo obtengan con suma facilidad”, poniendo en evidencia dicho criterio de evaluación. Efectivamente, no debe olvidarse que, ante todo,  las librerías se definen por los libros que ofrecen a los lectores y, en un segundo lugar, por las posibles actividades que decidan realizar. La evaluación de la oferta libresca –libros y literatura coinciden cada vez menos- resulta también problemática: en parte por los espacios limitados de las librerías y en parte por la concepción de librero como alguien que aconseja, la selección de los libros por parte de los libreros responde a unos criterios definidos y que no forzosamente deben ir de acuerdo ni con las listas de los superventas o con las modas editoriales. En efecto, si algo cabe destacar de las librerías independientes es que lejos de la masificación bibliográfica de las grandes cadenas, las librerías independientes tienden a seleccionar sus libros a partir de criterios más selectivos y, en muchas ocasiones, imponiendo los criterios literarios y de calidad antes que meramente comerciales: “Nuestra filosofía es trabajar por y para nuestros lectores, nuestros clientes, independientemente de otros factores. No pensamos que vayamos a hacerlo mejor si un día nos dicen que somos una ‘librería de calidad’” señalan Judith y Jesús desde Intempesitivos. Su mismo compromiso es el que define el proyecto de Nakama, la nueva librería de Madrid: sus libreros, Rafa y Mírem, que todavía no conocen los pormenores del Sello de Calidad al no poder todavía solicitarlo –para solicitarlo, la librería debe llevar abierta más de dos años- apuntan que el compromiso con los lectores va más allá de la obtención del sello. “El Sello sería una herramienta para premiar aquellas librerías con un carácter determinado”, apunta Èric del Arco desde Documenta, en perfecta sintonía con Intempestivos y Nakama, pero ¿es el carácter al que apelan los libreros el mismo que se valorará desde la organización encargada de determinar los merecedores del sello? “Se evalúa también en el sello la calidad del fondo de la librería, por una parte exigiendo un mínimo de referencias (6000 en el caso de las librerías generalistas y 2500 en las especializadas), y por otra parte puntuando la cantidad del fondo tanto por número de referencias como por número de sellos editoriales distintos de los que se disponga”. Números que, sin embargo, no disuelven del todo las dudas, puesto que si un librero renuncia a tener unos libros de determinados sellos por considerarlos de poco interés, ¿será penalizado en cuanto no cumplirá con la exigencia de tener unos determinados sellos editoriales? ¿Cómo valorar una librería que opta por una determinada oferta y, por tanto, excluye determinado tipo de libros o sellos? ¿Perderá puntos frente a aquella que tenga en sus estantes un mayor número de sellos editoriales? Y, sobre todo, ¿estamos seguros que el valor de calidad reside en la pluralidad de sellos y no en los títulos ofrecidos?

Caminos abiertos

 

Cuestiones todas ellas que cabe hacerse y que permiten, en parte, entender las dudas existentes entre los libreros, dudas sobre los beneficios económicos y sobre los criterios de evaluación; “sé que es muy complicado elaborar baremos totalmente justos”, concluye Paco de Cálamo que, a pesar de determinados reparos, se muestra esperanzado: “buena idea pero que por favor sirva para algo”. Sus palabras resumen perfectamente la actitud de algunos de los libreros consultados; escépticos, pero a la vez confiados –más que esperanzados-, sin duda los casos de las librerías Cervantes y Todolibros  sirven para observar lo positivo, en cuanto a reconocimiento y visibilidad, que implica el Sello de Calidad y, por el otro lado, los elementos del ámbito más propiamente económico-fiscal, que todavía requieren mejora. A la pregunta de si hay algo que mejoraría del Sello, Alfredo Quirós no tiene duda: “no nos han dado una pegatina oficial. El título enmarcado es para el despacho, pero es importante una etiqueta visible para el público que nos identifique como una librería con Sello de Calidad, es importante la visibilidad”. En resumen, una buena iniciativa la idea del Sello de Calidad, pero todavía hay mucho camino por recorrer, o, en palabras de Èric del Arco,  “un sí pero. Con ganas, pero valorando a la vez los costos”.

 

Librerías con Sello de Calidad: 

Librería Cervantes (Oviedo, Asturias)
Librería El Búho Lector (Oviedo, Asturias)
Librería El Carmen (Parla, Comunidad de Madrid)
Librería Ícaro (La Granja de San Ildefonso, Segovia, Castilla y León)
Librería Olevtum (Valladolid, Castilla y León)
Librería Del Burgo (Palencia (Castilla y León)
Librería Didacticalia (Madrid, Comunidad de Madrid)
Librería Margen (Valladolid, Castilla y León
Librería Todolibros (Cáceres, Extremadura)
Librería Visor (Madrid)
Librería Dykinson (Madrid)
Librería Auzolan (Pamplona, Navarra)

 

Por  Anna Maria Iglesia

 

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