Protagonistas // Editores

Daniel Alvárez y Laura Sandoval, 28/08/2017

 

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“La ficción puede darte ese mismo alimento para la neurona que te da el ensayo”

“Hoja de Lata nace de hacer de la necesidad virtud”, comenta desde Asturias Daniel que, junto a Laura, son la editorial Hoja de Lata, nacida en 2013. “Éramos libreros y nos vimos afectados por la crisis. En 2011 yo y, en 2013, Laura fuimos al paro y aprovechamos la coyuntura de quedarnos sin trabajo para abrir la editorial, idea que siempre habíamos tenido en mente”, continúa Daniel, confesando que ese sueño de la editorial pudo ser posible porque “vino la realidad del paro a empujarnos a hacerlo”. Han pasado cuatro años desde entonces y Hoja de Lata no ha dejado de crecer, publicando en torno a los doce títulos anuales, entre los que encontramos ensayo y ficción. Antes del verano, publicaron la ópera prima de Jim Crace, Cosecha, premio IMPAC 2015, y en su catálogo destaca por méritos propios Luisa Carnés, cuya obra, tras años sin ser editada, ha sido recuperada por Hoja de Lata con la voluntad de reconocer a una de las autoras más destacadas de la generación del ’27.

¿Qué idea de editorial está detrás de Hoja de Lata?

Siempre tuvimos claro que queríamos montar una editorial independiente que publicara narrativa y ensayo, aunque nunca nos propusimos hacer algo muy diferente a lo que ya existía en el mercado. No somos como aquellos que se lanzan a la edición porque no encuentran los libros que quieren en el mundo editorial, al contrario: como lectores, estábamos muy satisfechos de ese fenómeno tan efervescente de editoriales independientes que publican delicatessen. Lo que queríamos era aportar nuestro grano de arena a este nicho. Por lo que se refiere a nuestra línea editorial, nos propusimos plantear un catálogo donde conviviesen en equilibrio voces nuevas, clásicos contemporáneos, que hayan tenido éxito en sus países de origen, pero que no tuvieran traducción al castellano, y obras rescatadas que o bien se publicaron en su día en castellano sin la repercusión que nosotros creíamos que debían tener o bien permanecían inéditas en castellano.

Vuestro lema es “ofrecer lecturas sugerentes para tiempos inciertos”, pero para Hoja de lata ¿qué es una lectura sugerente?

Es una lectura que, por supuesto, tiene una calidad literaria insuperable y aporta algo al lector, es decir, es una lectura que nos hace pensar sobre quiénes somos, en qué mundo vivimos y en qué mundo podríamos vivir. Dicho esto, en nuestro catálogo también tenemos obras que son mero entretenimiento, pero lo que tienen en común todos nuestros autores es que, de un modo u otro, están comprometidos con su tiempo y su realidad. No son autores que se recluyen en su torre de marfil a divagar en torno a las posibilidades de la literatura o en torno a su propia vida, sino que son autores que se implican con su prójimo y su sociedad y esta implicación se plasma por escrito con una calidad literaria.

En vuestra colección de ensayo, a través de títulos como Manifiesto Femen o Vended vuestras islas, griegos arruinados, puede intuirse un determinado posicionamiento político, sin embargo, desde Hoja de Lata insistís que no queréis presentaros o definiros desde una perspectiva política.

A lo mejor se dé todo demasiado masticado al público y, muchas veces, es el propio público, pero también la prensa y los libreros, los que exigen que te etiquetes y que con tres palabras te definas y te sitúes. Nosotros trasladamos a nuestra filosofía editorial nuestra manera de ser como lectores y, sobre todo, como libreros. Como lectores, somos bastante eclécticos, picoteamos de flor en flor, saltando de una lectura sugerente a otra; no somos lectores monocordes. Y, a partir de aquí, lo que hacemos es trasladar nuestras inquietudes a la colección de ensayo, que tuvimos que parar, porque vimos que no obteníamos los mismos buenos resultados que sí obtenemos con la colección de narrativa y porque nos costaba más defender los títulos que publicábamos. Sin embargo, hace un tiempo conocimos a David Becerra que, por su preparación y su gusto bibliográfico, ha asumido la dirección de nuestra colección de ensayo, que ahora volveremos a relanzar. En el segundo semestre del 2017 sacaremos dos nuevos títulos y otros dos en el primer semestre del 2018. Nuestra colección de ensayo, sin ceñirse a una etiqueta concreta, quiere satisfacer las necesidades intelectuales que pueda tener nuestro público lector. Queremos ofrecer alimento para la neurona.

Para Hoja de Lata, ¿la ficción puede ser ese “alimento para la neurona” que sí es el ensayo?

Sí, ciertamente. En Hoja de Lata somos dos personas comprometidas con el activismo político, incluso, con un cierto tipo de militancia. Es cierto que antes éramos, sobre todo yo, de aquellos que leía casi exclusivamente ensayo, que se informaban y se reafirmaban en sus convicciones. Sin embargo, un día se encendió la bombilla y nos dimos cuenta de que no solo el ensayo, sino también la novela podía tener un poder político y subversivo radical. De hecho, la ficción puede darte ese mismo alimento para la neurona que te da el ensayo. La ficción puede ser, incluso, más radical, porque a todos nosotros nos gusta evadirnos, es decir, abrir una ventana nueva y perdernos en otras latitudes. En este sentido, nuestra literatura de evasión es una literatura que también te aporta nuevas y críticas filosofías de vida. Es enriquecedor conocer qué se cuece en otras latitudes del mundo y ver qué tienen en común esas otras latitudes con nuestro mundo. Las obras de B. M. Bower son literatura de evasión pura y dura, no tienen mayor trascendencia social, pero también es legítimo abogar por este tipo de evasión total.

 

La idea de literatura de ficción que deriva de tus palabras se resume en la figura de Elinore Pruitt Stewart.

Era una pena que Pruitt Stewart llevara más de 100 años sin publicarse en castellano y para nosotros es una gran satisfacción ver que lleva cuatro años vendiéndose y gustando al público lector. Es una mujer tan virtuosa como su literatura, que gusta tanto a las librerías del Opus como a las librerías feministas; cada una hace una lectura propia, quedándose con lo que le gusta. A las feministas les gusta la fortaleza que representa, esa imagen de una mujer que puede con todo, que no necesita de los hombres, que es autónoma. Y Pruitt Stewart era así y era, además, una mujer que merecía ser rescatada. Cartas de una pionera es el primer éxito editorial que hemos tenidos; es un long seller que lleva ya seis ediciones y todo gracias al fenómeno del boca a boca. Y este fenómeno es el que más nos gusta a los editores: no hay nada mejor que un lector recomiende un libro a su amigo y que este amigo se lo recomiende a un tercero hasta crear un pequeño fenómeno de éxito editorial.

Algo parecido podemos decir de Luisa Carnés, cuya recuperación editorial ha supuesto dar a conocer a una autora que había sido olvidada por la tradición literaria.

David Becerra tuvo mucho que ver en esta recuperación editorial, puesto que fue él quien nos habló de lo mucho que le había gustado la literatura de Carnés. Y publicarla nos ha supuesto vivir un fenómeno absolutamente apasionante. Luisa Carnés es una autora que podríamos definir como una “Sin sombrero”, término que acuñó Tània Balló para su proyecto. Carnés era la única mujer del ’27 de extracción obrera que pudo poner negro sobre blanco lo que llevaba dentro, contar su mundo y su visión del mundo. Es particularmente satisfactorio ver como sus historias conectan con las jóvenes estudiantes y trabajadoras del 2017, pues son ellas las que están sobre todo comprando e intercambiándose el libro de Tea Rooms.

Su recuperación tuvo que significar, además, para su familia un reconocimiento debido tras años de silencio.

La satisfacción nuestra por haber editado a Luisa Carnés es también la satisfacción de su familia. Es cierto que se habían publicado dos de sus obras y se había publicado una tesis doctoral, realizada por la mexicana Liliana Olmedo, pero faltaba una reivindicación. Y con la publicación de Tea Rooms, Luisa Carnés ha salido finalmente a la luz pública y se ha reivindicado. La familia no contaba con esto y evidentemente les gratifica mucho; para su hijo significa redescubrir a su madre como escritora y para sus nietos significa descubrir la figura literaria de su abuela.   

 

Os referís a la conexión de la obra de Carnés con las lectoras más jóvenes. ¿Hay una búsqueda de atemporalidad en un doble sentido: tanto obras del pasado que tengan sentido en el presente como obras del presente llamadas a perdurar en un tiempo futuro?

Efectivamente y, de hecho, una de las dos razones que motivaron optar por “Hoja de lata” como nombre de la editorial es que precisamente de hojalata estaban hechos los juguetes de nuestros abuelos y que nosotros pudimos heredar. Son juguetes atemporales, los disfrutaron nuestros abuelos hace ochenta años, los disfrutamos nosotros y los disfrutan también nuestros hijos. Pretendemos huir de la literatura efímera, de la literatura de tendencia, y ofrecer al público títulos que tenían validez en el 2013, año en el que empezamos, y que tenga validez en 2043, esperando por entonces seguir editando. Queremos ofrecer lecturas universales, que planteen una situación concreta, pero cuyo sentido pueda tener vigencia de aquí a muchas décadas, cuando nosotros seamos mayores y haya una nueva generación de jóvenes con ganas de leer y de descubrir tanto su mundo actual como el mundo que les precedió. Buscamos durabilidad, permanencia.

Como editor y, sobre todo, por tu experiencia como librero, ¿hay demasiada literatura efímera?

Hace poco, leía una entrevista a un editor independiente donde el entrevistador preguntaba si la evidente saturación del mercado editorial español se podía dar por el gran número de editoriales independientes. A mí me pareció casi escandalosa esta presunción. Evidentemente, el hecho de que se publiquen en España unos escasos miles de libros menos que en Estados Unidos, teniendo en cuenta que los índices de lectura son parecidos, evidencia la saturación del mercado, sobre todo una saturación de novedades. Habla con cualquier librero y te dirá que cada mes sufre una avalancha de títulos de los cuales, como es imposible dar salida a todos, alguno se pierde; muchas veces joyitas quedan en segundo plano por la avalancha que hay. El fenómeno tan propio de España de pequeñas editoriales que pretenden hacer una propuesta personal, casi de autor, al público me parece gratificante, porque gracias a estas editoriales se descubren títulos que, por su particularidad o por su baja expectativa comercial, no serían publicados por los grandes grupos. A mi modo de ver las editoriales independientes enriquecen el mercado editorial.

Por tanto, ¿hay que poner el foco en los grandes grupos?

En los grandes grupos, cada vez más grandes porque se van uniendo editoriales diferentes, hay títulos de calidad, sin duda, pero también hay mucho libro efímero. En los grandes grupos hay muchos libros cuyos autores no sólo no recordaremos dentro de diez años, sino tampoco dentro de dos. No creo que la publicación de libros efímeros sea una manera de quemar al lector, puesto que el lector de este tipo de libros es un lector muy específico que a lo mejor solo lee ese libro de moda al año, pero sí es una manera de quemar al librero, que vive bajo esa esquizofrenia de venta-devolución.

Hace unos meses, la editora de Flammarion, Teresa Cremisi afirmaba que la implantación de grupos editoriales cada vez más grandes no era beneficioso ni para el ecosistema literario ni para las librerías.

Es que es así. De vez en cuando, en España suenan tambores sobre la liberalización del precio del libro, como si fuera la panacea. Para mí la verdadera panacea es que sobrevivan librerías, con una o dos personas al mando que gestionan su propio fondo. En muchos países en los que se liberalizó el precio del libro, se dieron fenómenos de imposición por parte de las grandes cadenas, muchos libreros tuvieron pérdidas por los precios competitivos que solo podían permitirse las grandes cadenas. Lo que creo que salva, en el caso de España, es que todavía se mantiene el precio fijo y un tejido de librerías y bibliotecas muy grande y muy sólido. Entre todos, debemos cuidar el tejido de librerías y de bibliotecas, es algo que debemos hacer todos, el poder público, pero también los editores, los autores y los periodistas.

Volviendo a vuestro catálogo, ¿hay una voluntad de rescatar autores que se han quedado a los márgenes del canon? Pienso en Prudencio de Pereda, discípulo de Hemingway, cuya sombra lo ha dejado en un ignoto segundo plano.

En los márgenes se suelen encontrar cosas más reales de las que se encuentran en la realidad oficial, que suele ser más homogénea. Los outsiders te pueden dar una visión de la realidad mucho más cercana a su propio tiempo. En el caso de Prudencio de Pereda, hablamos de un personaje que merece de por sí un libro: es un discípulo/coetáneo de Hemingway, Dos Passos o Steinbeck que, llegado al pico de su carrera, opta por desaparecer. Su novela Molinos de viento en Brooklyn narra la experiencia de los emigrantes españoles y es el libro con el que abrió su colección la editorial Atheneum de Nueva York. Sin embargo, después del libro, Prudencio de Pereda decidió retirarse, se trasladó a Pensilvania y pasó totalmente desapercibido.

 

Algo que define Hoja de Lata es la incorporación, en traducción castellana, de autores en lengua gallega y asturiana.

Una de las vocaciones que tenemos como editorial es descubrir al público lector en castellano autores en las otras lenguas del Estado. Tenemos autores en gallego y en asturiano; por el momento, el catalán se nos resiste, pues no terminamos de dar con el autor/autora idóneo para el público lector castellano a quien nos dirigimos. Sin embargo, no tiramos la toalla y en la sombra seguimos leyendo originales. Muchas veces por la idiosincrasia de lo español, se ignora e, incluso, se desprecia las literaturas periféricas, cuando una de las grandes cosas que tenemos es la riqueza entre unos territorios y otros. No es casualidad, por tanto, que abriéramos nuestra colección de narrativa con Arraianos de Xosé Luís Méndez Ferrín, puesto que es una obra que sintetiza todo lo que queremos. Es una lectura obligatoria en Galicia y es una lectura maravillosa que deja huella allá donde pasa. Méndez Ferrín es un autor que se implica, que se implica hasta mancharse. Luego tenemos a Teresa Moure, que es una escritora portentosa y también a Xabier López, que con el tiempo se reivindicará como uno de los grandes autores gallegos.

¿El mercado editorial es demasiado monolingüe?

Yo creo que las literaturas periféricas del Estado ofrecen muchísimo y por parte de los sellos en castellano no siempre se les presta la atención que debiera. Para quienes sí tenemos la voluntad de prestarles la atención es una suerte porque de esta manera tenemos más posibilidades de ofrecer lo exquisito que se está produciendo en cada una de las otras lenguas del Estado. Hablando en general, sí es cierto que por ignorancia se está dejando lo mucho y bueno que ofrecen las literaturas de la periferia.

Publicáis desde Asturias. ¿Se ha capitalizado demasiado el mundo editorial?

Es la historia del sector y contra esto no podemos luchar. Una de las satisfacciones de este fenómeno de editoriales independientes es que no se concentran en una sola ciudad; puedes ver el caso de Pepitas de Calabaza o Fulgencio Pimentel en Logroño, La uña rota en Segovia, Periférica en Cáceres… ahora mismo, las nuevas tecnologías te permiten luchar contra ese eje Madrid/Barcelona y te permiten hacer propuestas que tienen eco en el mercado editorial estatal desde otros puntos. Es necesario que se rompa un poco el enfoque unidimensional desde la capital histórica de la edición, Barcelona, y también desde la capital del reino, Madrid. Desde la periferia se pueden ofrecer cosas interesantes y bonitas. Hay veces que hay que luchar contra los prejuicios y el paletismo de las grandes urbes.

¿Hay prejuicios?

Algunos. No se traducen en rechazo, pero sí en sorpresa. A veces te dicen, “¿Vosotros editáis desde Asturias?”. Entonces hay que recordarles que a las provincias también llega el ADSL, la información literaria e, incluso, el agua corriente y la electricidad. A veces hay que recordar estos detalles.

Si no me equivoco publicáis con Creative Commons.

Ya no publicamos en Creative Commons. Empezamos con este planteamiento, pero con el tiempo hubo algo de desencanto y, ahora, publicamos con derecho reservado y con Copyright para autor, traductor, ilustrador, prologuista, editor… Todos ellos tienen su derecho reconocido.

¿Por qué pasasteis del Creative Commons al Copyright?

Nosotros en un primer momento adoptamos ese discurso sencillo de la liberación de la producción creativa y, luego, viendo la realidad -más bien poca- que había detrás de esta idea, consideramos que en lo referente a la publicación de narrativa tenía bastante de impostura. Como dice Servando Rocha, editor de La Felguera y uno de los primeros en reflexionar sobre las culturas libres en este país: «El discurso de la cultura libre en España se ha hecho sobre dos medias verdades y tres leyendas urbanas». Cuando ves que Creative Commons no deja de ser una empresa con su gabinete de abogados y su merchandising, te vas desencantando y te desencantas todavía más cuando te das cuenta de la trivialización que desde el discurso de la cultura libre se hace del derecho de los trabajadores a vivir de su propio trabajo, aunque sea intelectual, inmaterial o intangible. Nos llegan a veces propuestas de «liberación» de traducciones de obras nuestras por cuestiones altruistas, pero esta liberación lo que hace es ignorar la labor del traductor, que es alguien que pretende vivir de su trabajo, que debe ser reconocido, del corrector, del editor que se preocupó de que esa obra estuviera traducida a otro idioma. Por todo ello, quisimos ser coherentes con nosotros mismos y comenzamos a publicar en Copyright, pues era lo que mejor reconocía el trabajo de todo aquel que participa en la creación de un libro y no trivializaba el trabajo de quien se pasa seis u ocho horas al día escribiendo, traduciendo o ilustrando un libro. Nosotros somos acérrimos defensores de la cultura libre encarnada en el mundo del libro por las bibliotecas, un bien común, gratuito y de libre acceso, que hemos de poner en valor y defender.

 

Por  Anna Maria Iglesia

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