Protagonistas // Editores

Juan Casamayor, 04/10/2017

 

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Imagen: (c) Lisbeth Salas

“Hace falta el catálogo, pero hace falta también un discurso que represente la editorial”

Nació en 1999 de la mano de Encarnación Molina y Juan Casamayor; ahora, en el 2017, a punto de soplar los dieciocho años, Páginas de Espuma recibe el Premio de la FIL de Guadalajara al mérito editorial. Especializada en el cuento, Páginas de Espuma nunca ha sucumbido a las mieles de lo comercial y se ha mantenido firme, construyendo un catálogo únicamente dedicado, en palabras de su editor, “al género corto”. Hoy, Páginas de Espuma es un referente ineludible para el relato y el microrrelato en castellano, en su catálogo “conviven las dos orillas”, dibujando el mapa de la literatura “breve”, tanto española como latinoamericana.

Páginas de Espuma nace en 1999, hace ya 18 años. Este año, la FIL os ha premiado por la Labor Editorial. ¿Qué balance haces de la trayectoria realizada hasta el momento?

Cuando miro hacia atrás y hago una valoración de todo el trabajo, tengo sensaciones encontradas, las mismas que tuve cuando nos dijeron que habíamos ganado el premio de la FIL, siento alegría, nervios, felicidad, responsabilidad… Volviendo a tu pregunta y para sintetizar, de estos 18 años destacaría, en primer lugar, que hemos cometido más aciertos que errores en los distintos ámbitos en los que se mueve una editorial, desde la elección de los textos a la viabilidad de la distribución comercial y la visibilidad de nuestro catálogo. Esto que parece ser sencillo, para una editorial independiente y pequeña, y subrayo los dos términos porque tienen motivos sólidos para ser adjetivos del sustantivo “editorial”, supone poder dar un paso detrás de otro y seguir adelante. En segundo lugar, destacaría la constitución del catálogo, que es aquello que da la vida a Páginas de Espuma; más allá de que podamos trabajar más horas, con mayor o menor pasión o con un discurso más o menos comprometido, creo que todo se concreta en el catálogo, que es el signo diferencial de cada editorial.

¿Páginas de espuma es, ante todo, su catálogo?

Evidentemente. No dudo que otros editores como yo trabajen tanto como yo o, incluso, más que yo, pero de lo que no hay dudas es que su catálogo es A y mi catálogo es B. Entonces, creo que estos 18 años han dado a Páginas de Espuma un catálogo coherente, que ni en los malos momentos de la contracción de consumo rectificamos. Nunca nos echamos para atrás ante la idea de publicar cuento y tampoco decidimos incluir nuevas líneas que, a lo mejor, hubieran podido ser más fructíferas. Además de todo esto, creo que tenemos un catálogo equilibrado no sólo a nivel geográfico por abrazar las dos orillas, sino también por reunir autores clásicos y contemporáneos y, dentro de los contemporáneos, incluir autores muy reconocibles y con trayectorias importantes y autores nuevos por los que apostamos.

Entonces, podemos hablar de un recorrido editorial más que satisfactorio.

Claro, está la satisfacción de poder seguir haciendo lo que nos gusta después de 18 años. Tenemos la suerte de poder seguir dedicándonos a la edición, eso sí lo hacemos ahora con menos ingenuidad, pero con la misma pasión y la misma convicción.

En una entrevista, comentabas que el nacimiento de Páginas de Espuma se debe, en parte, a la brecha que abrieron en el mercado editoriales independientes como Lengua de Trapo, Minúscula o Acantilado.

Sí, estoy plenamente convencido de la importancia de esa brecha que se abrió en el mundo editorial. A finales de los ’90 se producen dos fenómenos que hoy viven su máxima expresión: por un lado, la concentración de los grandes grupos y de los monopolios editoriales y, por el otro lado, el inicio de una bibliodiversidad gracias a editoriales pequeñas e independientes que buscan las fisuras que los monopolios editoriales no tienen la intención de cubrir. Yo siempre menciono a Lengua de Trapo, porque fue probablemente la editorial más pionera y más simbólica, una editorial de la que yo me he quedado prendado, una editorial que echo de menos y alguna de cuyas consignas, como la de apostar por la literatura de aquí y de ahora, me he apropiado. A partir de Lengua de Trapo, surgieron otras editoriales como Minúscula y, evidentemente, Acantilado, con la nota a pie de página de que Vallcorba era uno de los mejores editores de entonces y será siempre uno de los mejores editores en cuanto al cuidado filológico de los textos. Y estas editoriales representan la primera oleada de editoriales independientes, que vinieron después. Y, ahora, este mismo fenómeno de la edición independiente se está viviendo en Latinoamérica y creo que, de aquí a un par de décadas, terminará cambiando la morfología del sector.

 

(c) Lisbeth Salas

(c) Lisbeth Salas

Uno de los motivos que ha esgrimido la FIL en el momento de premiaros ha sido vuestro apoyo e impulso al cuento. ¿Había mucho que hacer dentro el mercado editorial español y, sobre todo, ha cambiado en estos años la presencia del cuento en el panorama cultural español?

Yo creo que en estos últimos veinte años ha cambiado la situación de la comercialización del cuento y, por tanto, el número de lectores. Creo que Páginas de Espuma con su irrupción no viene a darle al cuento mayor peso literario del que ya tiene en tanto que género con un peso específico en la historia literaria española. Lo que hace Páginas de Espuma es consolidar algunas de las voces que estaban arrancando por aquellos últimos años noventa, así como las voces que llegarían posteriormente. Dicho esto, lo que sí se detecta a lo largo de estos años es que ha habido un crecimiento del número de lectores de cuento. Creo que Páginas de Espuma, con su especialización y militancia por el género breve, ha ayudado a crear este espacio lector, pero hay otros fenómenos que explican el aumento de lectores: la presencia de otras editoriales que publican también muchos libros de cuento, como es Menoscuarto, y, en general, al aumento de la oferta de la editorial. De hecho, aunque a posteriori, los grandes grupos se han dado cuenta de que algún libro de cuentos les puede traer muy buenos resultados. ¡Qué le digan a Alfaguara lo que ha sido para ellos publicar a Lucia Berlin!

¿Hay otros motivos más allá del estricto ámbito editorial?

Sí, a todos esos factores, también podríamos añadir la eclosión de talleres y escuelas de escritura, la facilidad de divulgación en la red de los relatos breves, la aparición de una preocupación académica en torno al género del cuento y, sobre todo, el hecho de que el cuento está viviendo un momento extraordinario. Ahora mismo, hay muy buenos cuentistas en castellano; por hablar solo de nuestra orilla, basta pensar en la generación de escritores nacidos en los ’60: de Mercedes Abad a Carlos Castán y Eloy Tizón, de Juan Bonilla a Hipólito G. Navarro. Todos ellos son escritores que, aun habiendo escrito novela, comenzaron publicando cuentos y siguieron a lo largo de los años manteniendo su nombre de cuentistas, pues nunca dejaron de publicar libros de cuento. Esta base creativa es indispensable para que luego editoriales como nosotros desarrollemos nuestro trabajo.

Has mencionado autores de la generación del 60, pero te referías también al presente como un “momento excepcional”.

Sí, claro, porque, como te decía, estamos viviendo un momento excepcional con algunas características muy destacables, en concreto, la irrupción de la escritora de cuento. Como lector de manuscrito y editor de autoras de ambas orillas, puedo decir que actualmente hay grandes autoras de cuentos.

¿Hay, como se ha dicho, un boom de autoras de cuentos o es que ahora las autoras tienen mayor visibilidad?

Yo creo que hay un poco de todo. Siempre hubo escritoras de cuentos, pero creo que ahora hay más y, para mi sensibilidad lectora, están escribiendo mejor. Y no lo digo para ser políticamente correcto, sino que se puede ver fácilmente: hay muchas escritoras porque sus propuestas son más interesantes. Siempre ha habido escritoras de cuento, lo que pasa es que algunos nombres han comenzado a florecer, a ser más visibles y, por supuesto, a vender más y, por tanto, las editoriales nos hemos fijado más en ellas. Es completamente lógico que, si Anagrama tiene a Mariana Enríquez, saque también a Vera Giaconi, si nosotros tenemos a Samantha Schweblin, publiquemos el próximo año a Yolanda Rosenberg.

Es decir, que el éxito de algunas escritoras ha traído la consolidación de muchas otras.

Cuando nosotros publicamos el primer volumen de Pequeñas resistencias, teníamos 8 mujeres y 20 hombres en la antología; cuando hicimos Pequeñas Resistencias 5, donde reuníamos cuentos publicados entre el 2000 y el 2010, teníamos ya 18 o 19 escritoras. Es decir, el fenómeno estaba allí, le faltaba solo que una Mariana Enríquez o una Samantha Schweblin aparecieran y triunfaran. Piensa que Schweblin con Siete casas vacías hizo 12 ediciones. Al fenómeno de estas dos autoras, se añade también el éxito de las escritoras estadounidenses publicadas por Lumen, la recuperación de Clarice Lispector… es decir, había más de un faro que nos guiaba hacia ese magma de autoras, que están haciendo muy buena literatura, una literatura que está llamada a quedar.

Vosotros publicáis en España y en Latinoamérica. ¿A lo largo de vuestra trayectoria editorial, habéis encontrado que la tradición cuentista se había mantenido más fuerte en Latinoamérica con respecto a España?

Sí. Cuando nosotros de una forma ingenua empezamos a publicar autores hispanoamericanos, como Guillermo Samperio o Eduardo Berti y Ana María Shua, fuimos construyendo una relación con Hispanoamérica y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que, en Hispanoamérica, como en España, existe el peso específico de la industria editorial, que ha impuesto que la novela sea la primera opción dentro de la ficción. Yo no me engaño y esto es así. Sin embargo, nos dimos también cuenta de que en Hispanoamérica hay una tradición cuentista que es imposible de esconder: los grandísimos escritores latinoamericanos son grandes cuentistas y han sabido, por lo general, congeniar su dedicación al cuento y a la novela. Y esto se respira en un público lector, que favorece los espacios de encuentro entre escritores y lectores. A partir de ahí, sí es verdad que en Latinoamérica hay un trabajo ya hecho con relación al cuento, mientras que en España hemos tenido que quitarnos de encima el sambenito de que no había buen cuento español. Por tanto, como decías, esta tradición de cuento está apegada al sentir y al olfato del lector latinoamericano, si bien en Latinoamérica los índices de lectura son más bajos. En España todavía hay que desenterrar la tradición del cuento y a los nombres que representan dicha tradición.

Prueba de ello es que a muchos escritores de cuentos se les suele preguntar cuándo van a dar el salto a la novela.

Tienes toda la razón. En los primeros años de la editorial, cuando decíamos que publicábamos cuentos nos preguntaban si publicábamos cuento infantil. Y, muchas veces, mis autores han tenido que escuchar la pregunta esa de “para cuándo la novela”, como si el cuento fuera un trampolín hacia otro género, algo completamente falso y quien conoce, aunque sea someramente, los géneros literarios y sus modos de escritura se da cuenta de que un género no lleva al otro ni por casualidad. Como editorial, en España hemos tenido que romper con estas ideas e, incluso, te diré que todavía hoy, en el 2017, a algún autor nuestro le han preguntado: “¿Por qué un libro de cuentos?”. Sin embargo, nunca se preguntaría: “¿Por qué una novela?”. Este planteamiento es residual de una situación que ha mejorado. Cuando nosotros publicamos Pequeñas resistencias, una antología para nosotros fundacional en la que reuníamos a 30 cuentistas nacidos después del 60, incluyendo autores hispanoamericanos que vivían y trabajan en España, a Carlos Castán un periodista le preguntó: “Carlos, ¿para cuándo la novela?”. Y Carlos contestó: “Ya lo tengo: Para cuando la novela será mi próximo libro de cuentos”.

Pero, la situación ha mejorado.

Sí, hemos pasado de que esa pregunta fuera tan frecuente a que ahora apenas nadie la formule. Se debe, entre otras razones, a que la prensa cultural tiene mayor sensibilidad por el cuento y que hay mayor crítica especializada en el género breve.

 

Citabas la antología Pequeñas resistencias coordinada por Andrés Neuman, que junto a la antología coordinada por Clara Obligado significaron un punto de inflexión, tal y como tú has mencionado en más de una ocasión.

Sin duda, Pequeñas resistencias fue un punto de inflexión porque de esos 30 cuentistas que allí reuníamos, en torno a 20 hoy forman parte del catálogo, algunos de forma estable y otros con algún título. Esa antología fue un semillero para Páginas de Espuma y un encuentro entre la editorial y cuentistas. Y, luego, la antología de Clara Obligado, Por favor, sea breve, fue la gran antología de microrrelatos, una antología que, además, llegó a muchísima gente. En la esencia de esa antología, olvidándonos un momento del microrrelato, estaba la esencia de la editorial: reuníamos escritores clásicos con escritores muy jóvenes, escritores españoles y escritores latinoamericanos, escritoras y escritores. Ese concepto caló en mí en mi manera de pensar el catálogo de la editorial.

Es decir, ¿Andrés Neuman y Clara Obligado influyeron en tu manera de pensar la editorial?

Andrés Neuman y Clara Obligado me han enseñado a tener una sensibilidad editorial distinta, fronteriza, pero no equidistante. Y mi discurso personal y editorial tiene que ver con esa formación que yo he hecho con autores como ellos y esto para mí es el gran regalo que he recibido como editor, más allá de publicar textos. Lo que yo me voy a llevar de mi experiencia como editor es el haber convivido con obras de autores y con unos proyectos intelectuales de los que yo me he nutrido.

Aparentemente, una tendría la tentación de pensar que es especialmente difícil hacer calar literaria y comercialmente un género como el microrrelato.

Debería ser así, pero nuestras experiencias con el microrrelato –y ahora te habla el fenicio, no el lector- han sido maravillosas: el libro más vendido de Páginas de Espuma es un libro de microrrelatos, Ajuar funerario de Fernando Iwasaki. ¡Llevamos vendidos 62000 ejemplares! Yo he tenido, por tanto, muy buena experiencia con el microrrelato, pero creo también que ese éxito ha corrido en paralelo a cierta eclosión y a cierta moda del microrrelato y, aunque toda moda pasará, quedarán los buenos textos.

¿Ha habido una moda del microrrelato?

Sí, pienso, por ejemplo, en el concurso de Movistar de microrrelato o en los concursos radiofónicos de microrrelato. Es decir, ha habido cierta difusión social de la idea de que se puede escribir cortito y todo el mundo lo puede hacer. Evidentemente es una falacia, pero es verdad que ha ayudado al éxito de ciertos libros. Como te decía, Por favor, sea breve se vendió muy bien; lo mismo pasó con Iwasaki y con los cuentos de Ana María Shua. Por tanto, curiosamente hemos tenido bastante éxito con el microrrelato, desde esos primeros libros hasta Pelos o Casa de muñecas, que lleva tres ediciones.

Puede que el error sea detenerse demasiado en la cuestión “ventas” y no en el valor del género.

Exacto. Yo te he citado hasta ahora libros que han sido los más vendidos de la editorial, pero podría citarte otros que han vendido pocos centenares. Esto pasa en todas las editoriales. Los grandes grupos saben también que hay novelas que solo venden 200 ejemplares, eso lo saben ellos, pero lo sabemos también tú y yo. Por lo tanto, si Páginas de Espuma es una cuerda y uno de los cabos es la literatura y la cultura, yo estoy dispuesto a seguir llevando a cabo este proyecto, pese a que un posible contable me diga que no. Este es el trabajo que nos gusta hacer y jugamos un papel literario y cultural que no debemos abandonar, independientemente de las ventas. Dicho esto, aquí en la editorial somos cinco personas, todos comemos y todos tenemos que pagar el gas y el agua y, por tanto, tenemos que vender libros. Y, ahora mismo, somos capaces de vender bien algunos títulos, que nos permiten tener el catálogo que tenemos. ¿Sino por qué tenemos autores de grandes grupos que deciden publicar con nosotros los libros de cuentos, mientras que las novelas las publican o con la independiente grande Anagrama o con algún sello de uno de los dos grandes grupos?

Otra gran pata de la editorial es la recuperación de los grandes maestros del relato, sobre todo del siglo XIX.

Aunque yo identifico mi trabajo del día a día con ser editor de autores contemporáneos, nos hemos puesto el reto de publicar textos de autores clásicos que no habían sido publicados o publicados en su totalidad. Por esto publicamos todo Chejov: había innumerables antologías, pero nadie había tomado las 6000 páginas en ruso y las había publicado. Esto yo lo pude hacer cuando la editorial tenía músculo económico y cuando tenía un loco maravilloso como Paul Viejo. Y debo decir que publicar Chejov es lo “fácil”, pues hay muchos lectores, porque hay un gusto creado por parte de varias editoriales, que están recuperando clásicos en nuevas ediciones y mejores traducciones. Cuesta más publicar a un nuevo autor de Sevilla o de Chile, pero a mí lo que más me apasiona es publicarlos a ellos, al autor de Chile y al de Sevilla.

¿Vosotros cada año publicáis un autor novel?

Sí, es lo que me da vida y me da motivación para seguir haciendo lo que creo que debo hacer. Indudablemente, si yo voy a la redacción de cualquier gran periódico y le digo que he publicado a Carlos Frontera, me dicen que a ver si lo pueden reseñar para algún suplemento… si, por el contrario, les llamo diciéndoles que vamos a publicar el primer tomo de los cuentos completos de Henry James y vamos a hacer una comida en Madrid, entonces tengo periodistas de cada redacción. Y eso que nos está yendo bien con los autores noveles, como Mariana Torres y Valeria Correa.

 

(c) Lisbeth Salas

¿Cómo te planteas los próximos años picando piedra?

Hay que picar piedra, lo tenemos que hacer y lo vamos a seguir haciendo. Más allá de intentar seguir teniendo más aciertos que errores y seguir manteniendo un catálogo con sentido, más allá de las estrategias propias de toda editorial, creo que Páginas de Espuma y el mundo editorial, en general, tiene que trabajar para implementar un discurso a favor de la cultura, de la palabra escrita y del libro, sobre todo en este tiempo en el que el viejo paradigma naufraga, los viejos modelos ya no sirven y los nuevos todavía no han llegado. Aquí, los editores tenemos un trabajo pendiente.

Es decir, ¿hay que pensar la editorial como un agente social?

En gran parte, sí. Frente a determinados discursos que llevan a la oscuridad, tenemos la obligación los editores de reivindicar ciertas utopías, pero para conseguir realizarlas. Por esto, hay que pelear cada mañana y seguir picando piedra. ¿Cómo? Ofreciendo una alternativa de lectura frente a una hegemonía comercial y tratando de aproximar el cuento a los lectores. Esta es una forma militante de estar. Y este es uno de los deberes que los editores tenemos que tener. Cuando eres una editorial muy pequeña es muy difícil, pero cuando pasan los años y creces tienes que incorporar este discurso al proyecto editorial.

¿El trabajo del editor va más allá de publicar libros?

Evidentemente, el trabajo no acaba con libros bellos que tratamos de colocar en librerías como Laie, Documenta o La Central; como editor hay que dar un paso más: hace falta el catálogo, pero hace falta también un discurso que represente la editorial. Quien me oiga sabe que me refiero a promover políticas culturales, planes de educación donde estén presentes la literatura y la lengua, la creación de bibliotecas, el apoyo a las librerías…Y este compromiso es algo que Páginas de Espuma no debe olvidar en los próximos años.

 

Por  Anna Maria Iglesia

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